martes, 6 de marzo de 2012

12 AÑOS

Hoy se cumplen 12 años. 12 años desde que dejé de ser mi prioridad, 12 años desde que mi carrera dejó de ser mi prioridad, 12 años desde que mis tiempos dejaron de ser mi prioridad.

12 años sin poder dormir despreocupada y profundamente, 12 años sin cocinar pensando sólo en mis gustos, 12 años sin planificar mi vida según mis intereses y conveniencia. 
Hace 12 años que mi mente está siempre pendiente y alerta de lo que le pasa, perceptiva de lo que siente, conectada con lo que piensa.  
Al principio no fue fácil. No estaba acostumbrada a tamaño renunciamiento, y por momentos estaba desbordada. Me costó tiempo entender que no podía tener todo de la forma en que yo quería, y que tampoco podía obligar a los demás a seguir semejantes pretensiones. 
Quería trabajar apasionadamente, al 100%, como lo había hecho hasta entonces y quería vivir la maternidad, también al 100% . Pero semejante fantasía duró poco. Pronto comprendí  que, en las circunstancias que me habían tocado vivir, ese ideal no era posible, y que llegado el momento, algo tendría que ceder.  
Afortunadamente, la misma vida me puso en el camino obstáculos que de alguna manera facilitaron mi decisión. De no haberse ellos presentado, quizás hoy la historia sería otra: yo sería una “respetada” funcionaria judicial, y tu, un niño más con padres exitosos y ausentes. 
La renuncia puede ser leída, a los ojos de terceros, de distintas formas: insana –¿Cómo va a poner al hijo como prioridad antes que a ella?-, admirable –Qué bien, renunció a su propias necesidades en aras de las de su hijo- o crítica –¿Porqué tenía que renunciar con semejante carrera por delante? No era necesario, hubiese podido hacer las dos cosas al mismo tiempo-. 
La realidad, hijo, y para que no te engañes, es que no renuncié a todo eso por tí. No fue un acto insano o altruista, sino más bien egoísta. Renuncié a todo eso por mí. Porque yo no hubiese soportado perderme tus primeros años de escuela, o no haber estado ahí cuando te lastimabas o  salías llorando del colegio. No hubiese soportado perderme los relatos de la hora del almuerzo, ver tu mirada buscándome en los actos escolares, o tus primeras clases de karate.  Pero sobre todo, no hubiese soportado saber que me necesitabas y que yo no estaba allí para ayudarte. 
Y esto no lo digo en forma fantasiosa, pues hubo una época en la que las prioridades de repente se habían alterado y la vorágine de la pasión por un trabajo lo habían trastocado todo. Y el no poder irte a buscar al jardín, o tener que dejarte los fines de semana por un trabajo, o al cuidado de otro cuando estabas enfermo se transformaron en actos habituales, pero llenos de culpa, dilemas, remordimientos e impotencia. ¡Qué época de locura! Cuánta ceguera, cuánta ignorancia, cuánta necedad… 
Hoy las cosas han cambiado. Ya no eres el pequeño niño que necesita a su mamá para poder caminar, crecer y estudiar y yo no puedo más que mirarte y sentir orgullo y paz. Orgullo, por la persona en la que te estás convirtiendo. Paz por haber entregado todo, aún lo que sentía como irrenunciable y más preciado. 
De a poco, tú comienzas a transitar tu propio camino y yo continuaré por el mío y aunque ellos se bifurquen, los lazos de nuestra relación siempre serán inquebrantables, pues nuestro vínculo es tan fuerte que ya no necesita de presencias para poder existir.  
Asique hijo, cuando me escuches contarle a alguien que la decisión de dejar de trabajar en parte fue por tí, no te sientas culpable y menos aún me admires. Es suficiente que sepas que lo hice por un fin tan egoísta como satisfacer mis propios deseos, mis propias necesidades: la de sentir el placer máximo de compartir tus alegrías y tus tristezas, tus miedos y tus logros, tus debilidades  y tus fortalezas.  
Fueron 12 años de renunciamientos y de entregas. Pero también 12 años de enseñanzas,  de alegrías y tristezas, y sobre todo, de existencia compartida. 
Hoy te veo caminando por tus propios medios, con tus propias herramientas intelectuales, emocionales y espirituales, y aunque aún seas tan sólo un niño de 12 años que por momentos necesita transitar acompañado, sólo puedo desearte en este día que tengas el mejor de los viajes.

martes, 8 de noviembre de 2011

EL DRAGON DEL MIEDO Y DE LA DUDA

Siempre se dice que el peor enemigo del hombre es el miedo. Que el miedo paraliza, bloquea, inmoviliza. Que por miedo no nos animamos, dejamos de intentarlo, no nos arriesgamos. Que el miedo nos impide probar, crecer, fracasar y de esa forma, aprender…

Aunque no sea un gran mérito, podría escribir muchas cosas sobre “los miedos”, pues lamentablemente cada tanto se apoderan de mí de una manera absurda, ridícula y sin razón, hasta que poco a poco se disipan, tornando todo lo pasado en una preocupación sin sentido. Pero creo que una mejor descripción acerca de lo que se trata esta sensación se encuentra en el libro “El caballero de la armadura oxidada”, de Robert Fisher, donde mediante una hermosa historia plagada de metáforas y simbolismos, se explica muy acertadamente la esencia de este fenómeno: ese invento de nuestra mente, que nos tiende una trampa para angustiarnos y crear falsos monstruos en una realidad inexistente, y que, muy a nuestro pesar, tantas veces llegamos a creer como ciertos.

Para una mejor comprensión del texto, aquí va una pequeña introducción acerca de lo que trata la historia.

Había una vez un caballero que creía que era bueno, generoso y amoroso. Siempre llevaba puesta su armadura, pues su misión era luchar contra los malvados y los dragones, o rescatar damiselas en apuro. No se la sacaba ni para dormir, pues decía que siempre tenía que estar preparado para montar su caballo en caso de lucha. Tan ocupado estaba en estos menesteres, que casi no veía a su mujer y a su hijo. Un día, su mujer,  cansada de esa vida, le pidió que se quitara la armadura, para de esa forma poder conocerlo mejor. El caballero lo pensó y lo pensó, y al darse cuenta que si continuaba con la armadura colocada perdería a su familia, accedió al pedido formulado. Sin embargo, algo imprevisto sucedio: al intentarlo, advirtió que la armadura estaba atascada. No había forma de sacarla. Concurrió a un herrero, fue con el hombre más fuerte del reino, intentó todo por todos los medios, pero nada: el caballero había quedado atrapado en su propia armadura. Como último recurso y desesperado ya por la situación, decidió adentrarse en el bosque para encontrar a Merlin, el sabio mago maestro del Rey Arturo. Cuando lo hizo, Merlín accedió a ayudarlo. Luego de una noche de largas charlas, una mañana, el mago lo despertó y le dijo que tenía la solución a su problema: para liberarse de su armadura, la única opción era emprender un viaje, pero esta vez, por un sendero distinto del que había transitado hasta el momento. Le explicó que ese sendero se llamaba “Sendero de la Verdad” y le advirtió que a medida que se acercara a la cima, éste se volvería más empinado. Sin embargo, cuando la alcanzara, ya no tendría su armadura. Le dio una llave dorada y le dijo que ella le serviría para abrir las puertas de los tres castillos que bloquearían su camino: el primero era el Castillo del Silencio, el segundo el del Conocimiento, y el tercero el de la Voluntad y Osadía. Le advirtió que cuando entrara a cada castillo, sólo encontraría la salida cuando hubiera aprendido lo que había ido a aprender, y le aclaró que no los podía rodear, pues la única forma de llegar a la cima de la montaña era atravesarlos. Con esos elementos, el caballero empezó su travesía junto a sus compañeros de viaje la paloma Rebecca, Sam y Ardilla.  En primer lugar atravesó el Castillo del Silencio y luego el del Conocimiento, logrando así, con lo aprendido allí, ir desprendiéndose de una parte de su armadura.
 
Cuando llegó al castillo de la Voluntad y la Osadía, se encontró en su interior con un enorme y amenazador dragón que echaba un fuego azul por la boca. Había visto muchos dragones en su vida, pero éste no se parecía a ninguno. Cuando el caballero le preguntó qué hacía allí, el dragón le contestó:

“-¿Hay algún sitio mejor donde yo pueda vivir? Soy el Dragón del Miedo y de la Duda.

El caballero reconoció que el nombre era muy acertado. Miedo y duda era exactamente lo que él sentía. El dragón volvió a vociferar:

“Estoy aquí para acabar con los listillos que piensan que pueden derrotar a cualquiera simplemente porque han pasado por el Castillo del Conocimiento.”

Rebecca susurró al oído del caballero:

-Merlín dijo una vez que el conocimiento de uno mismo podía matar al Dragón del Miedo y de la Duda.

-¿Y tú lo crees? – susurró el caballero.

-Sí- afirmó Rebecca con firmeza.

-¡Pues entonces encárgate tú de ese lanzallamas verde!. El caballero dio media vuelta en retirada. (…)

-¿Os retiráis después de haber llegado tan lejos? – preguntó Ardilla (..)

-No lo sé –replicó él- He llegado a habituarme a ciertos lujos, como vivir.

Sam intervino.

-¿Cómo te soportas si no tienes la voluntad y la osadía de poner a prueba el conocimiento que tienes de ti mismo? El conocimiento de uno mismo es la verdad y ya sabes lo que dicen: “La verdad es más poderosa que la espada”.

-Ya sé que eso es lo que se dice, pero ¿hay alguien que lo haya probado y haya sobrevivido?- preguntó sutilmente el caballero.

Tan pronto como acabó de pronunciar esas palabras, el caballero recordó que no necesitaba probar nada. Era bueno, generoso y amoroso. Por lo tanto no debía sentir miedo ni dudas. El dragón no era más que una ilusión.

Así que tomó coraje, volvió a atravesar el puente levadizo, y cuando el dragón fue a su encuentro echando fuego, siguió adelante, hasta que su coraje comenzó a derretirse al sentir el calor de las llamaradas del dragón. Entonces dio media vuelta, salió corriendo y con un aullido de dolor, se sumergió en un arroyo para sofocar las llamas.

Derrotado, sus amigos intentaron consolarlo en la orilla:

-Habéis sido muy valiente. No está mal por tratarse del primer intento- dijo Ardilla

Sorprendido el caballero la miró desde donde estaba.

-¿Como que el primer intento?

Ardilla le contestó con toda naturalidad:

-Tendréis más suerte la segunda vez.

El caballero respondió enfadado:

-Tú irás la segunda vez.

-Recordad que el dragón es sólo una ilusión- dijo Rebeca

-¿Y el fuego que sale de su boca? ¿Eso también es una ilusión?

-En efecto- respondió Rebeca-. El fuego también era una ilusión.

-Entonces ¿cómo es que estoy sentado en este arroyo con el trasero quemado?-exigió el caballero.

-Porque vos mismo hicisteis que el fuego fuera real al creer que el dragón era real-explicó Rebeca

¬Si creéis que el Dragón del Miedo y la Duda es real, le dais el poder de quemar vuestro trasero o cualquier otra cosa- dijo Ardilla.

-Tiene razón- corroboró Sam. Debes regresar y enfrentarte al Dragón de una vez por todas.

El caballero se sintió acorralado (…) Mientras luchaba contra un coraje que flaqueaba, oyó a Sam decir:

-Dios le dio coraje al hombre. El hombre le da coraje a Dios.

-Estoy harto de intentar comprender el significado de las cosas. Prefiero quedarme sentado en el arroyo y descansar.

-Mira –lo animó Sam-, si te enfrentas al Dragón, hay una posibilidad de que lo elimines, pero si no te enfrentas a él, es seguro que él te destruirá.

-Las decisiones son fáciles cuando sólo hay una alternativa- dijo el caballero. Se puso en pie de mala gana, inspiró profundamente y cruzó el puente levadizo una vez más.

El dragón lo miró incrédulo. Era un tipo verdaderamente terco.

-¿Otra vez?-bufó. Bueno, esta vez que te pienso quemar.

Pero esta vez el caballero que marchaba hacia el dragón era otro: uno que cantaba una y otra vez: “el miedo y la duda son ilusiones”.

El dragón lanzó gigantescas llamaradas contra el caballero una y otra vez pero, por más que lo intentaba, no lograba hacerlo arder. A medida que el caballero se iba acercando, el dragón se iba haciendo más y más pequeño, hasta que alcanzó el tamaño de una rana. Una vez extinguida su llama, comenzó a lanzar semillas –las semillas de la duda- pero tampoco pudieron detener al caballero. El dragón se iba haciendo aún más pequeño a media que continuaba avanzando con determinación.-

-¡He vencido!- exclamó el caballero victorioso.

El dragón apenas podía hablar.

-Quizás esta vez, pero regresaré una y otra vez para bloquear tu camino-. Dicho esto desapareció con una explosión de humo azul.

-Regresa siempre que quieras- le gritó el caballero-. Cada vez que lo hagas yo seré más fuerte y tú más débil.

Rebeca voló y aterrizó en el hombro del caballero.

-Lo veis, yo tenía razón. El conocimiento de uno mismo puede matar al Dragón del Miedo y de la Duda.

-Si realmente creías que era así ¿Por qué no me acompañaste cuando me acerqué al dragón?-preguntó el caballero, que ya no se sentía inferior a su amiga emplumada.

Rebeca contestó:

-No quería interferir. Era vuestro viaje.

Divertido, el caballero estiró el brazo para abrir la puerta del castillo pero ¡El Castillo de la Voluntad y la Osadía había desaparecido! (...) Podía ver la cima de la montaña. El sendero parecía aún más empinado que antes, pero no imprtaba. Sabía que ya nada lo podía detener.”



Extractado del Capítulo 6 "El Castillo de la Voluntad y la Osadía" y dedicado especialmente a los que, cada tanto, luchamos contra el dragón en el afán de hacerlo cada vez más débil cuando decide reaparecer...

miércoles, 24 de agosto de 2011

VACIAR

Desde la primer entrada que hice en este blog, mencioné que practicaba karate. Por entonces, recién comenzaba. Ahora, ya llevo poco más de un año y medio, y varios han sido los aprendizajes físicos, mentales y espirituales que he logrado a partir de la práctica de esta disciplina. La siguiente es una pequeña experiencia personal que tuve durante una de esas clases, que me llevó a introducir en mi vida un concepto que hasta entonces sólo tenía asociado como perteneciente al mundo de las cosas, pero no a aquel del actuar de las personas.

La cuestión sucedió así: Un día, luego del saludo final de la clase y tras habernos observado realizar la práctica, el Sensei (término japonés que designa a un maestro o sabio, y que generalmente se utiliza en las artes marciales para referirse a quien nos guía y enseña en el camino de la superación) se dirigió al grupo y en un tono que percibí como una mezcla de enojo y decepción, preguntó casi en forma retórica: “¿Porqué no entregan todo lo que tienen durante la clase? ¿Qué es lo que se guardan? ¿Para qué? ¿Para cuándo? ¿Para quién? “.

Como toda pregunta retórica que no espera respuesta, un silencio largo y vergonzante fue lo único admisible. ¿Acaso había algo mejor para decir?

Y prosiguió “Tienen que dejar todo en la clase para poder recambiar. Tienen que vaciar para permitir entrar lo nuevo. Tienen que sacar para poder volver a llenar. Tiene que morir para renacer. Si guardan, siempre muestran la misma carta. Hay que mezclar todo bien adentro para, llegado el momento, exhibir cartas distintas cada vez que lo necesiten”.

“Oss!!” fue la respuesta unánime del grupo, en señal de que habíamos comprendido, aceptado y agradecido la enseñanza del maestro. Mientras me cambiaba en el silencio y soledad del vestuario, las palabras mencionadas resonaban como un eco en mi cabeza, una y otra vez.

Y sí, -pensé en ese momento- ¡Cuánta razón albergaba la reflexión efectuada!; no sólo para la práctica sino para la vida en general…

Esa misma noche, mientras caminaba hacia mi casa, pensé en lo bien que haría en aplicar ese mismo concepto a mi tarea de escritura. Cuantas veces me había encontrado diciéndome a mí misma, mientras escribía mi historia, que mejor “guardaría” esa nueva idea que me había surgido para lo próximo que escribiera, para no “quemar” ahora en esta todas juntas las buenas ideas que se me ocurrían…Y cuánta complicación esto me traía, pues en lugar de aceptar lo que surgía, lo dejaba a un lado y lo “guardaba”, frenándome en el proceso y haciéndolo cada día más sinuoso. Me sentía como aquel que guarda y guarda y en su cultura del “por si acaso”, mezquina y raciona su presente para “asegurar” su incierto futuro.

Y entonces las palabras del Sensei volvían nuevamente a mi cabeza “¿Para qué guardo? ¿Para cuándo? ¿Para quien? ¿En que “otra” historia estoy pensando si ni siquiera aún terminé de escribir esta primera…? “

Muchas posibles respuestas pasaron por mi cabeza pero creo que al final la cuestión sólo se reducía a una. Es que cuando pensaba en el concepto de vaciar, no sólo venían a mí las palabras sacar, dar o entregar, sino que a ellas se les agregaba un “plus”, que era lo que le daba cierto tinte tajante al tema. Se trataba de la palabra “todo”. Vaciar era entregar “todo”, sacar “todo”, dar “todo”. Allí no había posibilidad de guardar “por si acaso”. Y entregar “todo” implicaba, como contrapartida, quedarse sin nada, vacío, en cero. Y esto, debo admitirlo, me provocaba miedo….

¿Miedo? Sí, Miedo. Miedo a que si vaciaba todo en mi escritura, por ejemplo, en el futuro no tuviera nuevas ideas, miedo a no poder crear luego algo más original, miedo a lo que vendría después si lograba terminarla, miedo a que no tendría nada más para decir una vez desagotadas esas ideas ….Como si no confiara en el proceso de la vida y en mí propia capacidad de reinventarme, como si no supiera que nada es estático y que todo cambia de un segundo a otro, como si desconociera, a esta altura de mi vida, que aferrarse a cosas, pensamientos o personas nos lleva inevitablemente al estancamiento. En fin, como de alguna manera lo había querido transmitir el Sensei, como si no tuviéramos en cuenta que vivimos en ciclos permanentes, que van y vuelven, que suben y bajan, que nacen y mueren, y otra vez, renacen….

Y era ese mismo miedo el que seguramente me impedía “vaciarme” en la clase de Karate: miedo a que si entregaba todo desde un inicio, no pudiera terminarla; miedo a que el cuerpo no aguantara; miedo a que si esto pasaba defraudara al maestro que transmitía su conocimiento; miedo a faltarle el respeto por no poder responder a sus exigencias; miedo a lo que una entrega total podía liberar dentro de mí….De repente, me preguntaba si al final, todo eso a lo que tanto temía no se terminaban cumpliendo a partir de mi propia intención de evitarlo. Y todo por no animarme a vaciar…

Aunque mirado ahora en retrospectiva el concepto era bastante evidente a los ojos de cualquier persona un poco avezada, yo sentía que había hecho “el” descubrimiento personal del año. De hecho, ese mismo día llegué a mi casa y escribí con un marcador grueso en letras grandes la frase “VACIAR PARA DEJAR ENTRAR LO NUEVO” y lo coloqué en un lugar bien visible de mi lugar de trabajo, de modo que de aquí en más ese concepto estuviera bien presente en mi vida. Me parecía tan claro y sencillo por un lado, y tan desconocido y complejo por el otro, que sentía que necesitaba de a poco incorporarlo en mi cabeza y en mi cuerpo, para poder aplicarlo verdaderamente a mi propia realidad.

Al final, era una cuestión tan simple como una ley de la física, que demuestra que si saco algo de un lugar, queda un espacio libre para otra cosa. O como lo propicia el feng shui, cuando habla de la necesidad de vaciarse de cosas inútiles para dar lugar a las cosas nuevas que puedan venir. Y sí, si primero no hacemos espacio sacando lo viejo, las cosas nuevas nunca tendrán lugar para entrar….

Tan básico y fácil de ver y comprender para las cosas materiales, y tan difícil de aplicar a nuestra propia forma de vida, a nuestros pensamientos, a nuestro modo de actuar.

Cuanto más aprendo del pensamiento oriental, más advierto la importancia y amplitud de este concepto inmaterial de vaciar, y con menos autoridad me siento para escribir cualquier cosa al respecto. Pero era mi deseo compartir aquí esta pequeña experiencia personal, que de una forma tan sencillas me ha ayudado a descubrir algo de gran utilidad.

Gracias Sensei Eiken Hamasaki por su sabiduría y generosidad. Y gracias, sobre todo, por su entrega y coherencia, pues al final, es Ud. precisamente quien, con su modo de actuar y sin ninguna mezquindad, nos muestra el camino hacia el vaciar.

martes, 7 de junio de 2011

EL ESPEJO DE NUESTROS VALORES


Hace poco mi hijo tuvo como tarea escribir su propia biografía. El texto era corto y en 15 líneas había completado la historia de su vida. Su relato era de tal intensidad que logró hacerme pasar por distintos estados de ánimo en cuestión de segundos. Cuando le comenté esto a una conocida mía –madre también- me preguntó: “¿Y te mencionó él a lo largo de esa historia?”. Sorprendida por el tenor de la pregunta le contesté, mientras repasaba el texto mentalmente: “No, creo que no”. Y agregó “¿Por qué será que por más presente que una pueda estar en la vida de su hijo, éste ni siquiera nos mencione a la hora de escribir su propia historia?”.


La verdad no era esto algo que se me hubiese cruzado por la cabeza, y de hecho tampoco me desvelaba, pues estaba yo muy segura de lo que había hecho por y para él, y la circunstancia de que me hubiese mencionado o no en un papel, no me cambiaba esa percepción. Sin embargo, debo confesarlo, el tema quedó repiqueteando en mi interior…

Tanto fue así, que comenté esta última observación con una persona muy querida para mí, quien, con una mezcla de suspicacia y sorpresa por el tenor de la pregunta que me habían formulado, me hizo notar: “¿Como que no apareces? Claro que apareces, apareces en la frase final, la que cierra el relato”.

Volví a leer el texto. En la parte inicial mi hijo contaba sus primeros años de vida y las distintas pérdidas que había ido sufriendo; en la parte central, narraba su vida cotidiana, sus gustos y sus intereses, y al llegar al final, cambiaba totalmente el ritmo del relato para concluir en forma vehemente: “Yo sé que nunca me rendiré por lograr mis objetivos. Esa es mi historia”.
¡¡Que intenso!! Pensé en ese momento. Cuantas sensaciones en tan pocas líneas… De la angustia inicial que me había generado ver la enumeración de sus pérdidas, había pasado a la tranquilidad que me generaba saberlo contento con su presente, para finalizar con una mezcla de sentimientos ambivalentes en relación a la frase final: es que al orgullo que me despertaba su admirable determinación de voluntad, se le adosaba ineludiblemente y como antecedente natural, un camino lleno de obstáculos que yo bien conocía y que sabía que él día a día trataba de ir superando. Al final, el texto, más que su historia, era su vida en todas sus etapas: los sufrimientos de su pasado, la realidad de su presente, y los deseos de su futuro.

En definitiva, reflexioné, mi querida mentora tenía razón: era en esa frase final donde yo efectivamente podía encontrarme ¿Como no me había dado cuenta antes, cuando ese pensamiento era tan familiar para mí? Y fue precisamente ese darme cuenta lo que en un punto me hizo dimensionar cuanto de nosotros, los padres, tienen en su identidad, los hijos. Era justamente ahora, a través de ese pensamiento que él había plasmado, que yo tomaba consciencia de cómo él asimilaba todo lo que sucedía a su alrededor y como decodificaba a su manera los ejemplos, mensajes y vivencias que podía tener desde su entorno familiar.

¿Es que acaso no podemos discernir claramente, a través de cómo son los niños, como son sus padres o el entorno en donde son criados?

La repuesta ya se sabe de antemano. ¿Los chicos son maleducados? Los padres también. ¿Los chicos son despreocupados? Los padres también. ¿Los chicos son acomodaticios? Los padres también. ¿Los chicos son materialistas? Los padres también. ¿Los chicos son autoritarios y no saben escuchar? Los padres también. Y a la inversa: ¿Los chicos son atentos y ávidos de conocer el mundo que los rodea? Los padres también. ¿Los chicos son disciplinados? Los padres también. ¿Los chicos son directos, sin vueltas, para decir lo que quieren? Los padres también. ¿Los chicos son respetuosos? Los padres también y etc., etc., etc. La lista es interminable.

El tema, debo confesarlo, está permanentemente presente en mi realidad cotidiana, pues es frecuente que me encuentre preguntándome a mí misma -frente a situaciones de convivencia escolar- ¿Y cómo el niño no va a ser así? Si el padre o la madre parecen ser de la misma manera….¿Porqué habrían ellos de ser distintos?

Algún lector con seguridad objetará y dirá: “Pero cuando crecemos no somos como nuestros padres….” Y yo a eso contesto: “No, no lo somos”. De hecho yo tampoco soy como mis padres, porque a medida que vamos creciendo vamos viendo que hay otros mundos, otras realidades, otras formas de vivir, pensar y sentir, distintas a las que nos enseñaron. Vamos cambiando, vamos evolucionando, vamos sabiendo lo que nos gusta y lo que no nos gusta acerca de lo que nos enseñaron y de lo que nos dijeron de cómo era el mundo. Pero en los primeros años de vida, nuestros padres, nuestra casa, nuestra familia, nuestro entorno es todo nuestro mundo, es ahí donde aprendemos a relacionarnos, donde aprendemos normas de educación y convivencia, y sobre todo los valores básicos que nos acompañarán toda la vida. Porque por más que cambiemos y evolucionemos en nuestra forma de ser, los valores que llevamos incorporados desde chicos difícilmente puedan alterarse.

Para lograr esta transmisión de valores no hace falta decir nada, pues es muy fuerte lo que consciente o inconscientemente, a través de nuestra propia forma de vida, le inculcamos a nuestros hijos. Es que por más ardua que pueda ser esta tarea, somos nosotros su ejemplo a seguir; forma parte del paquete de responsabilidades que aceptamos asumir al momento de ser padres. Y para esto no hace falta tener con ellos grandes charlas ni sermonear con ostentosos discursos; son actitudes, gestos, situaciones, forma de resolver los conflictos y de relacionarnos lo que ellos observan constantemente, sea para con ellos o con los demás. Todo lo registran, nada se les escapa pues sencillamente lo viven, lo perciben junto a nosotros. Y luego, copian, toman el modelo como propio, básicamente porque inicialmente es el único que tienen, el único que conocen. Y esa semilla ahí queda, germinando, para bien o para mal…

Deepak Chopra en su libro “Las siete leyes espirituales para padres” lleva esto aún más lejos y afirma que hasta la formación espiritual podemos transmitirles desde niños sin tener siquiera la necesidad de explicar nada. Dice Chopra: “Nuestra práctica es siempre la influencia más positiva. Nuestros hijos nos necesitan como modelos y ejemplos: su práctica espiritual consiste en observarnos desde muy temprana edad. Si nos ven crecer, cambiar, encontrar mayor felicidad y sentido en la vida, la expresión “estar en armonía con el universo” adquirirá para ellos una fuerza práctica. Querrán lo mismo para ellos aunque todavía no comprendan los principios que están en juego.”

En el mundo de hoy, en que todo parece moverse por interés, conveniencia y comodidad -y no necesariamente desde un punto de vista material- y donde la cultura del “da todo igual” se afirma cada vez más, hay que pararse firme y saber sostener la creencias de valores que pretendemos que ejerzan nuestros hijos, confiando que en el futuro esto los ayudará a desplegarse como personas. No digo que sea fácil, sobre todo cuando el eventual resultado no se puede percibir en forma inmediata y sólo resuena permanentemente a nuestro alrededor los mediocres ecos del “todos lo hacen”. En lo personal, son innumerables las veces que me he planteado si todo el esfuerzo por sostener esas creencias vale la pena, si defender esta forma de actuar y esta visión del mundo no es ir a destiempo de la sociedad actual, y en un punto no constituye una visión demasiado idealista y ajena a la realidad.

Pero entonces después, cuando veo que es mi propio hijo el que adhiere espontáneamente a esos valores en los que yo creo y que tiene la capacidad de discernir por sí mismo acerca de la corrección y ética de ciertos comportamientos, o cuando ambos encontramos en nuestro camino personas que comparten nuestras mismas creencias y nuestra misma visión del mundo, las dudas inmediatamente se disipan y la convicción resurge en mí aún con mas fuerzas.

Pues, como dijo el periodista y escritor norteamericano Hodding Carter “Hay dos cosas duraderas que podemos aspirar a dejarle a nuestros hijos: la primera es raíces, y la otra, alas”.

martes, 12 de abril de 2011

UNA LECCION SOBRE CHAKRAS PARA NIÑOS Y NO TAN NIÑOS..

Como ya conté alguna vez en este blog, tengo un hijo que es fanático de las series manga y animé. Cada tanto, debo confesarlo, me encanta ver con él alguna de ellas. Así fue como un día me topé con una llamada “Avatar, la leyenda de Aang”, que si bien no está realizada estrictamente en Japón, se inspira en ese tipo de dibujos e historias y no tiene nada que envidiarle a las otras.

Para resumir y poder comprender el video que sigue, vale decir que la historia de este dibujo transcurre en un mundo de influencia principalmente asiática, donde predominan las artes marciales y la manipulación de los elementos en combinación con el misticismo oriental. La serie se desarrolla en un mundo ficticio donde coexisten cuatro grandes naciones: las tribus Agua, el reino Tierra, la nación Fuego y los nómadas del Aire. En cada nación existen personas capaces de dominar su elemento de origen, a quienes se les llama “maestros” y en cada generación nace un Avatar, la única persona capaz de dominar los cuatro elementos y el encargado de mantener el equilibrio entre las cuatro naciones así como de servir de puente entre el mundo de los mortales y el mundo de los espíritus. El avatar se reencarna siguiendo un ciclo (agua, tierra, fuego y aire) de manera que si el Avatar muere siendo un nómada aire, en la siguiente vida se reencarnará en la tribu agua, luego en el reino tierra, luego en la nación del fuego y así sucesivamente. La serie comienza cien años después de que la nación del Fuego iniciara una guerra en contra de las demás naciones para expandir su imperio, cuando Katara y su hermano Sokka descubren a un niño llamado Aang, congelado en un iceberg. Este niño resulta ser el Avatar, y también el último maestro Aire, pues el señor del Fuego, en su intento de dominar al resto de las naciones y eliminar al Avatar, exterminó a todos los maestros Aire, dejándolo, sin saber, solo. Es así entonces como Aang, Katara y Sokka comienzan un viaje para que Aang aprenda a dominar los cuatro elementos, y de esa forma poder derrotar al señor del fuego y devolver la paz al mundo y el equilibrio a las cuatro naciones.

El video que sigue entonces, remite a una parte de la historia que ocurre precisamente en uno de estos viajes, donde Aang encuentra a un gurú que le explica qué son los chakras y cómo abrirlos para llegar al estado Avatar. Pese a la sencillez del relato y lo ficticio de la situación, cuando lo ví me sorprendió la exactitud y claridad del mensaje –sobre todo teniendo en cuenta que se trata de una serie destinada a los niños- y me pareció que a más de un adulto, como yo, el video le sería de utilidad para poder comprender sus propios procesos interiores y dilucidar si, como aquí se enseña, hay algo que está impidiendo de alguna u otra manera el fluir de su propia energía.

Sé que el tema es demasiado complejo para simplificarlo en la forma en que lo hace el video, pero no quería dejar de compartirlo en este espacio, pues creo que su virtud radica precisamente en la forma concisa, precisa y gráfica en que se transmiten los conceptos.

EXPLICACION DE LOS 7 CHAKRAS

http://www.youtube.com/watch?v=i7kft2ZJuDg&feature=share

martes, 5 de abril de 2011

¿CUAL ES EL SECRETO DEL AGUILA?

Este texto no es de mi autoría, pero cuando lo leí, supe que tenía que compartirlo en el blog. El título me llamó la atención pues el águila es un animal que siempre admiré por la majestuosidad de su vuelo, la fuerza y velocidad para levantar sus presas -aún cuando fueran más grandes y pesadas que ella-, y su aguda visión para detectarlas a la distancia. Desconocía completamente la circunstancia que el artículo describe, pero, de ser cierta, no hace más que recordarnos cuanto más deberíamos detenernos en aprender de la naturaleza para quizás terminar de comprender nuestros propios procesos.



¿Cuál es el secreto del águila? *

El águila es un ave de gran longevidad. Llega a vivir 70 años. Pero para lograrlo, a los 40 debe tomar una seria y difícil decisión. A esa edad, sus uñas están apretadas y flexibles y no consigue tomar a sus presas de las cuales se alimenta. Su pico largo y puntiagudo, se curva, apuntando contra el pecho. Sus alas están envejecidas, pesadas y sus plumas gruesas. Volar se le hace ya muy difícil. Entonces, el águila tiene solamente dos alternativas: morir o enfrentar un doloroso proceso de renovación que durará 150 días. Ese proceso consiste en volar hacia lo más alto de una montaña y quedarse ahí, en un nido cercano a un paredón, en donde no tenga la necesidad de volar. Después de encontrar ese lugar, el águila comienza a golpear su pico en la pared hasta conseguir arrancarlo. Luego debe esperar el crecimiento de uno nuevo con el que desprenderá una a una sus uñas. Cuando éstas comienzan a nacer, también renovará sus plumas viejas. Después de cinco meses, sale para su vuelo de renovación y a vivir 30 años más.


Situaciones parecidas nos suceden a lo largo de la vida. Hay momentos en que parece que ya hemos dado en nuestro trabajo, familia, comunidad, todo lo que teníamos. Nuestra vida suele verse gris y envejecida. ¡Estamos en un punto de quiebre! O nos transformamos como las águilas o estaremos condenados a morir.


La transformación exige, primero, hacer un alto en el camino. Tenemos que resguardarnos por algún tiempo, volar hacia lo alto y comenzar un proceso de renovación. Sólo así podremos desprendernos de esas viejas uñas y plumas para continuar un vuelo de renacimiento y de victoria.


Y ¿Cuáles son esos picos, plumas y uñas de los que tenemos que desprendernos? Es importante para cada uno hacer un auto-análisis, una introspección y descubrir qué es aquello de lo que uno debe deshacerse. Los budistas dicen: “Despréndete de tus máscaras”, de todo lo que te impida ver tu verdadero rostro en el espejo. Aquello que te separe de lo que realmente eres. Osho lo llama las máculas, las manchas que impiden que el brillo que somos se proyecte desde nosotros, embelleciendo literalmente nuestra vida, dándole un resplandor sublime y mayor a cada paso.


Cada uno sabe cuáles son esas máculas, esos impedimentos mentales alimentados por el ego y el deseo y mantenidos en actividad por la amnesia que estamos padeciendo quizás desde varias vidas. Es hora de despertar. De vivir. De dejar de sobrevivir. De vivir en plenitud y gozo.


(*) El texto completo de este artículo fue publicado en la Sección “Espiritualidad Diaria” de Claudio María Dominguez, en el diario “Infobae.com”.