Siempre se dice que el peor enemigo del hombre es el miedo. Que el miedo paraliza, bloquea, inmoviliza. Que por miedo no nos animamos, dejamos de intentarlo, no nos arriesgamos. Que el miedo nos impide probar, crecer, fracasar y de esa forma, aprender…
Aunque no sea un gran mérito, podría escribir muchas cosas sobre “los miedos”, pues lamentablemente cada tanto se apoderan de mí de una manera absurda, ridícula y sin razón, hasta que poco a poco se disipan, tornando todo lo pasado en una preocupación sin sentido. Pero creo que una mejor descripción acerca de lo que se trata esta sensación se encuentra en el libro “El caballero de la armadura oxidada”, de Robert Fisher, donde mediante una hermosa historia plagada de metáforas y simbolismos, se explica muy acertadamente la esencia de este fenómeno: ese invento de nuestra mente, que nos tiende una trampa para angustiarnos y crear falsos monstruos en una realidad inexistente, y que, muy a nuestro pesar, tantas veces llegamos a creer como ciertos.
Para una mejor comprensión del texto, aquí va una pequeña introducción acerca de lo que trata la historia.

Había una vez un caballero que creía que era bueno, generoso y amoroso. Siempre llevaba puesta su armadura, pues su misión era luchar contra los malvados y los dragones, o rescatar damiselas en apuro. No se la sacaba ni para dormir, pues decía que siempre tenía que estar preparado para montar su caballo en caso de lucha. Tan ocupado estaba en estos menesteres, que casi no veía a su mujer y a su hijo. Un día, su mujer, cansada de esa vida, le pidió que se quitara la armadura, para de esa forma poder conocerlo mejor. El caballero lo pensó y lo pensó, y al darse cuenta que si continuaba con la armadura colocada perdería a su familia, accedió al pedido formulado. Sin embargo, algo imprevisto sucedio: al intentarlo, advirtió que la armadura estaba atascada. No había forma de sacarla. Concurrió a un herrero, fue con el hombre más fuerte del reino, intentó todo por todos los medios, pero nada: el caballero había quedado atrapado en su propia armadura. Como último recurso y desesperado ya por la situación, decidió adentrarse en el bosque para encontrar a Merlin, el sabio mago maestro del Rey Arturo. Cuando lo hizo, Merlín accedió a ayudarlo. Luego de una noche de largas charlas, una mañana, el mago lo despertó y le dijo que tenía la solución a su problema: para liberarse de su armadura, la única opción era emprender un viaje, pero esta vez, por un sendero distinto del que había transitado hasta el momento. Le explicó que ese sendero se llamaba “Sendero de la Verdad” y le advirtió que a medida que se acercara a la cima, éste se volvería más empinado. Sin embargo, cuando la alcanzara, ya no tendría su armadura. Le dio una llave dorada y le dijo que ella le serviría para abrir las puertas de los tres castillos que bloquearían su camino: el primero era el Castillo del Silencio, el segundo el del Conocimiento, y el tercero el de la Voluntad y Osadía. Le advirtió que cuando entrara a cada castillo, sólo encontraría la salida cuando hubiera aprendido lo que había ido a aprender, y le aclaró que no los podía rodear, pues la única forma de llegar a la cima de la montaña era atravesarlos. Con esos elementos, el caballero empezó su travesía junto a sus compañeros de viaje la paloma Rebecca, Sam y Ardilla. En primer lugar atravesó el Castillo del Silencio y luego el del Conocimiento, logrando así, con lo aprendido allí, ir desprendiéndose de una parte de su armadura.
Cuando llegó al castillo de la Voluntad y la Osadía, se encontró en su interior con un enorme y amenazador dragón que echaba un fuego azul por la boca. Había visto muchos dragones en su vida, pero éste no se parecía a ninguno. Cuando el caballero le preguntó qué hacía allí, el dragón le contestó:
“-¿Hay algún sitio mejor donde yo pueda vivir? Soy el Dragón del Miedo y de la Duda.
El caballero reconoció que el nombre era muy acertado. Miedo y duda era exactamente lo que él sentía. El dragón volvió a vociferar:
“Estoy aquí para acabar con los listillos que piensan que pueden derrotar a cualquiera simplemente porque han pasado por el Castillo del Conocimiento.”
Rebecca susurró al oído del caballero:
-Merlín dijo una vez que el conocimiento de uno mismo podía matar al Dragón del Miedo y de la Duda.
-¿Y tú lo crees? – susurró el caballero.
-Sí- afirmó Rebecca con firmeza.
-¡Pues entonces encárgate tú de ese lanzallamas verde!. El caballero dio media vuelta en retirada. (…)
-¿Os retiráis después de haber llegado tan lejos? – preguntó Ardilla (..)
-No lo sé –replicó él- He llegado a habituarme a ciertos lujos, como vivir.
Sam intervino.
-¿Cómo te soportas si no tienes la voluntad y la osadía de poner a prueba el conocimiento que tienes de ti mismo? El conocimiento de uno mismo es la verdad y ya sabes lo que dicen: “La verdad es más poderosa que la espada”.
-Ya sé que eso es lo que se dice, pero ¿hay alguien que lo haya probado y haya sobrevivido?- preguntó sutilmente el caballero.
Tan pronto como acabó de pronunciar esas palabras, el caballero recordó que no necesitaba probar nada. Era bueno, generoso y amoroso. Por lo tanto no debía sentir miedo ni dudas. El dragón no era más que una ilusión.
Así que tomó coraje, volvió a atravesar el puente levadizo, y cuando el dragón fue a su encuentro echando fuego, siguió adelante, hasta que su coraje comenzó a derretirse al sentir el calor de las llamaradas del dragón. Entonces dio media vuelta, salió corriendo y con un aullido de dolor, se sumergió en un arroyo para sofocar las llamas.
Derrotado, sus amigos intentaron consolarlo en la orilla:
-Habéis sido muy valiente. No está mal por tratarse del primer intento- dijo Ardilla
Sorprendido el caballero la miró desde donde estaba.
-¿Como que el primer intento?
Ardilla le contestó con toda naturalidad:
-Tendréis más suerte la segunda vez.
El caballero respondió enfadado:
-Tú irás la segunda vez.
-Recordad que el dragón es sólo una ilusión- dijo Rebeca
-¿Y el fuego que sale de su boca? ¿Eso también es una ilusión?
-En efecto- respondió Rebeca-. El fuego también era una ilusión.
-Entonces ¿cómo es que estoy sentado en este arroyo con el trasero quemado?-exigió el caballero.
-Porque vos mismo hicisteis que el fuego fuera real al creer que el dragón era real-explicó Rebeca
¬Si creéis que el Dragón del Miedo y la Duda es real, le dais el poder de quemar vuestro trasero o cualquier otra cosa- dijo Ardilla.
-Tiene razón- corroboró Sam. Debes regresar y enfrentarte al Dragón de una vez por todas.
El caballero se sintió acorralado (…) Mientras luchaba contra un coraje que flaqueaba, oyó a Sam decir:
-Dios le dio coraje al hombre. El hombre le da coraje a Dios.
-Estoy harto de intentar comprender el significado de las cosas. Prefiero quedarme sentado en el arroyo y descansar.
-Mira –lo animó Sam-, si te enfrentas al Dragón, hay una posibilidad de que lo elimines, pero si no te enfrentas a él, es seguro que él te destruirá.
-Las decisiones son fáciles cuando sólo hay una alternativa- dijo el caballero. Se puso en pie de mala gana, inspiró profundamente y cruzó el puente levadizo una vez más.
El dragón lo miró incrédulo. Era un tipo verdaderamente terco.
-¿Otra vez?-bufó. Bueno, esta vez sí que te pienso quemar.
Pero esta vez el caballero que marchaba hacia el dragón era otro: uno que cantaba una y otra vez: “el miedo y la duda son ilusiones”.
El dragón lanzó gigantescas llamaradas contra el caballero una y otra vez pero, por más que lo intentaba, no lograba hacerlo arder. A medida que el caballero se iba acercando, el dragón se iba haciendo más y más pequeño, hasta que alcanzó el tamaño de una rana. Una vez extinguida su llama, comenzó a lanzar semillas –las semillas de la duda- pero tampoco pudieron detener al caballero. El dragón se iba haciendo aún más pequeño a media que continuaba avanzando con determinación.-
-¡He vencido!- exclamó el caballero victorioso.
El dragón apenas podía hablar.
-Quizás esta vez, pero regresaré una y otra vez para bloquear tu camino-. Dicho esto desapareció con una explosión de humo azul.
-Regresa siempre que quieras- le gritó el caballero-. Cada vez que lo hagas yo seré más fuerte y tú más débil.
Rebeca voló y aterrizó en el hombro del caballero.
-Lo veis, yo tenía razón. El conocimiento de uno mismo puede matar al Dragón del Miedo y de la Duda.
-Si realmente creías que era así ¿Por qué no me acompañaste cuando me acerqué al dragón?-preguntó el caballero, que ya no se sentía inferior a su amiga emplumada.
Rebeca contestó:
-No quería interferir. Era vuestro viaje.
Divertido, el caballero estiró el brazo para abrir la puerta del castillo pero ¡El Castillo de la Voluntad y la Osadía había desaparecido! (...) Podía ver la cima de la montaña. El sendero parecía aún más empinado que antes, pero no imprtaba. Sabía que ya nada lo podía detener.”
Extractado del Capítulo 6 "El Castillo de la Voluntad y la Osadía" y dedicado especialmente a los que, cada tanto, luchamos contra el dragón en el afán de hacerlo cada vez más débil cuando decide reaparecer...